El mejor de los regalos
Aconteció que cierto día hallábanse congregados en una rica sala varios de los más opulentos hombres del país: el sembrador de granos, que recogía tan abundantes cosechas, que no sólo bastaban para el consumo de su pueblo, sino que hasta podía abastecer con ellas a las comarcas colindantes; el negociante en telas, cuyos géneros traían las marcas de los más raros y lejanos comercios, y cuyas arcas reventaban de oro; el dueño de mil majadas, cuyos pastos verdes y ubérrimos tendíanse por muchas leguas a la redonda; y el señor de la Banca, ante quien se inclinaban los más reputados príncipes de la Finanza.
Mirando a aquellos potentados, se acurrucaba en un rincón de la sala la huerfanita humilde y triste: aquella que tenía el amargo privilegio de ser alimentada por las migajas munificientes de tales manos protectoras.
El Maestro penetró en la sala. Y al penetrar Él, sintiese olor de lirios y ecos de música inefable, y luz de aurora.
Los hombres opulentos se pusieron en pie poseídos de instintivo respeto. Interrogáronle con las miradas.
- Hay – dijo el Maestro – muchos pordioseros que aguardan en la calle. ¿Qué vais a darme para quienes nada tienen, vosotros que todo lo tenéis?
Y entonces, cada uno de aquellos magnates hinchóse de satisfacción en la oportunidad de darse un lujo: el de la caridad.
- Guardo en mis trojes – dijo el sembrador de granos – cuanto es preciso para saciar sus hambres. Tomad lo que gustéis.
- Mis estanterías – exclamó por su parte el negociante en telas -, crujen al peso de mis géneros y de mis mantas. Yo vestiré a los desnudos y daré calor a los ateridos.
- Y yo – habló el señor de las mil majadas – poseo en las ubres de mis vacas la leche blanca para el regalos de tus pobres.
- Y yo – habló el señor de la Banca – daré el dinero que ellos necesiten para sus vidas miserables.
A cada oferta sonreía el Maestro, agradecido al parecer con aquellos hombres que ofrecían. Al uno le decía: gracias; al otro le estrechaba la mano; y a aquél le movía la cabeza confirmativamente; a éste le daba un golpecito en la espalda.
De pronto, los ojos del Maestro se posaron en la huerfanita, que lo estaba mirando absorta, acurrucada en un rincón de la sala.
- Y tú, niña… ¿Qué das a mis pobres?
Sonrió ella tristemente. Miró la humildad de su traje zurcido; sus dedos sin anillos, sus brazos sin ajorcas; y sus ojitos buenos y tristes se encontraron con los celestes del Maestro. Y se besaron las dos lumbres.
“No tengo nada”, iba a responder ella. Mas, de pronto, exclamó:
- ¡Les daré mi cariño!
Y entonces se le acercó el Divino Maestro, le cogió la cabeza entre sus manos de alabastro, y la besó en la frente.
La besó largamente…, largamente… Y dijo, con aquel sello de su beso infinito, que dar dinero es bueno, pero dar alma es mejor; que la comida colma el vientre, mas el cariño, el corazón; y que aquello que le daba la que nada tenía era el mejor de los regalos.
Santiago Argüello
(Preguntas - guía para la comprensión de texto)
(Preguntas - guía para la comprensión de texto)
1. Busca en el diccionario las palabras subrayadas y todas aquellas cuyo significado desconozcas.
2. Enumera los párrafos.
3. Menciona a los personajes que intervienen en el relato.
4. ¿Quiénes ofrecen regalos? ¿A quiénes van dirigidos?
Se recuerda a los estudiantes que deberán presentarse al escrito con una copia impresa del texto.
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