Mi tía había
tenido aquel día una furibunda reyerta en su Sociedad Filantrópica.
(…) Parece que aquello había sido un campo de batalla: que la moción
de mi tía había sido puesta tres veces a votación
y que tres veces había sido rechazada. Furiosa, como ella sólo
sabía ponerse cuando le picaba la rabia, había
salido de la Sociedad
con la gorra toda torcida, bramando como una leona, con la pollera arremangada,
y a pie, con paso corto y rápido, había llegado a su casa sin
interrumpir la serie de colosales denuestos con que se había
despedido de sus odiadas compañeras.
Mi tía se había sentado a la mesa sin apetito, excitada como
nunca por el fuerte altercado que había tenido aquel día.
Sus ojos brillaban de una manera siniestra.
Dirigió dos o tres miradas
hirientes a mi tío y comenzó a contarnos su jornada.
En la ancha cara de mi tía
podían verse sus venas ahogadas por una sangre espesa a
inmóvil. Al sentarse le habían
asaltado mil incomodidades desconocidas: acaloramientos súbitos
que le enrojecían momentáneamente, golpes de fuego a
la vista, relampagueos, latidos y presentimientos de un ataque repentino.
Terminábamos la comida e iban a
servir el café. Mi tía intentó levantarse, pero al ponerse
de pie sintió algo extraño, algo terrible; quiso dar
un paso y cayó desplomada.
De
“La
gran
aldea”
de Lucio Vicente López