A veces.
-
¿Precisás algo?
-
Un vaso de agua.
Lo trae diligentemente, y me mira beber, llena de alegría,
hasta que la convido.
Un día que se me ofreció, le fui pidiendo primero
el diario, luego los lentes, después los cigarrillos, finalmente un cenicero. Iba
y solícitamente venía alcanzándome cada objeto, y ahí se quedaba, como
esperando algo. Distraídamente, yo tomaba lo que me alcanzaba, lo usaba y
seguía entregado a mi quehacer. Vista al rato mi indiferencia, me interrumpió:
- Papá…
- ¿Qué, mi hija?
- ¿Vos eras muy burro en la escuela?
- ¿Por qué me preguntás eso?
- Nunca decís “gracias” por nada…
De “Ratos de padre”, Julio Da
Rosa
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