viernes, 16 de marzo de 2012

"La ira de la tía Medea"


Mi tía había tenido aquel día una furibunda reyerta en su Sociedad Filantrópica. (…) Parece que aquello había sido un campo de batalla: que la moción de mi tía había sido puesta tres veces a votación y que tres veces había sido rechazada. Furiosa, como ella sólo sabía ponerse cuando le picaba la rabia, había salido de la Sociedad con la gorra toda torcida, bramando como una leona, con la pollera arremangada, y a pie, con paso corto y rápido, había llegado a su casa sin interrumpir la serie de colosales denuestos con que se había despedido de sus odiadas compañeras.
Mi tía se había sentado a la mesa sin apetito, excitada como nunca por el fuerte altercado que había tenido aquel día. Sus ojos brillaban de una manera siniestra.
Dirigió dos o tres miradas hirientes a mi tío y comenzó a contarnos su jornada.
En la ancha cara de mi tía podían verse sus venas ahogadas por una sangre espesa a inmóvil. Al sentarse le habían asaltado mil incomodidades desconocidas: acaloramientos súbitos que le enrojecían momentáneamente, golpes de fuego a la vista, relampagueos, latidos y presentimientos de un ataque repentino.
Terminábamos la comida e iban a servir el café. Mi tía intentó levantarse, pero al ponerse de pie sintió algo extraño, algo terrible; quiso dar un paso y cayó desplomada.

                                                                       De “La gran aldea” de Lucio Vicente López

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